Mi verdad, Charlie di Palma

Hoy vengo a contar mi verdad. Y en cuanto digo mía, se ha transformado en nuestra. Doy el pie para que todxs aquell*s que quieran conozcan lo profunda que es mi sinceridad y se  multipliquen; para que esta verdad, mi verdad, nuestra verdad, cobre el sentido que nos merecemos.

De repente todo lo que era un recuerdo de esos instantes, de ellx, cambiaba de color mis estados bruscamente en una monotonía de sinsabores, sinsaberes, sensaciones dolidas: teñía todo de una oscuridad parcial que otra vez recurrente, dividía mi ser y estar;  que sin detectarlo conscientemente configuró una ambigüedad de mis conductas, irrefrenables; que no me permitían evidenciar lo verdadero de mí y que no respondía a lo que mi esencia quería trascender, sujeta en aquel pasado que en un espacio y tiempo puntual se había configurado a través de placeres ajenos a los cuales sentía la necesidad de corresponder, a pesar de que los sentía fuera de mi cuerpo y mente.

Perversiones que configurarán mis maneras de accionar,  vincularme y disponerme en los caminos de mi vida.

Dictadas por un individuo —referente incondicional por ese entonces— que me enseñaba que “Así estaba bien” y que “No estamos haciendo nada malo, pero no le cuentes a nadie”.

Así fue que empecé a proceder —desde mis 14 años, a internarme en el mundo de este hombre— y de intentar una aceptación en un contexto social —porque además no era la única que lo exaltaba— donde el héroe era esta persona que evidenciaba sus actitudes y las transmitía oportuna e insistentemente a través de su música.

Ser músico es tener un rol de comunicador social masivo, a través de un canal de transmisión muy potente conformado por el micrófono —quien tiene la palabra—, el escenario —quien debe estar ante la vista del público— y, sobre todo, la convocatoria —que es su poder de representación, cuánta gente se siente reflejada, cuánta gente le escucha, cuánta gente legitima ese poder. El mal uso de ese canal implica un mal ejemplo a seguir.

Poder. Poder de decir. Poder de convencer. De convencer amar. De convencer hacer daño. De convencer dominar. De convencer ser dominad*s. Poder que, depende de quien lo detente, puede hacer bien o puede hacer mal. Y ÉL lo usó mal.

Años de aguantarnos decir lo que en realidad sentíamos al respecto. Vacío del todo. Incluso ya siendo jóvenes adultas.

Al punto de establecer una forma naturalizada de ser oprimida frente a una manipulación grave en momentos vulnerables de nuestro crecimiento que ha desmedido nuestra inocencia. También el sentirnos únicas respecto a este pensa/sentimiento contribuyó a callarlo, o a contarlo desde otro ángulo: aquel que él quiso que le atribuyéramos.

Nos hemos echado la culpa cada una durante mucho tiempo por sentir que elegíamos ese andar.

Y nos hemos mal/hecho cargo de cada “resplandor” que, de tanta claridad, nos enceguecía de dolor mostrándonos que las heridas de ayer no son las cicatrices de hoy sino que la costra recién empieza a formarse, que aquellos momentos “felices” no eran sino una tregua. Al punto que preferí dejarlos en algún rincón ambiguo de mi psiquis creyendo que allí residirían, sin soltarse, encadenados a una oscuridad donde pudieran ser olvidados.

Pero en cambio determinaron encarnizadas conductas autodestructivas que incidían en cada vínculo que intentara formar o mantener en la mayoría de los rincones de mi vida, sobre todo en el plano social.

Nos delimitaban a estar expuestas ante situaciones que no tenían que ver con nuestra esencia —y para las cuales, por lo tanto, no estábamos preparadas— mientras esta persona aplaudía con una sonrisa y corroboraba fehacientemente nuestras anécdotas. También correspondía, que casualidad, a lo que él buscaba que asimiláramos, justificándonos en ese proceso de base, que nada tenía que ver con los que nosotras queríamos vivenciar.

Atravesamos adicciones, relaciones violentas, y perdimos la noción de quiénes éramos y/o por qué lo hacíamos.

La impunidad se ha hecho de mí en esos momentos, de lo primero poco a lo mucho último, una singular manifestadora de sensaciones enfermizas frente a la otredad —y más de una vez fue el arte, emancipador y sanador en mi caso, quien canalizó esas manifestaciones— para poder al fin, después de muchos tropiezos, dolores y resquemores, despertar y poder empezar a reconocer —y a enfrentar— lo que me estaba aquejando.

Fueron años de búsqueda.

De a poco, en esas búsquedas repletas de infinita soledad, esas niñas vulneradas ahora adultas nos fuimos encontrando, entendiendo que nuestras visiones, finalmente, no eran tan particulares, sino colectivas.

Fue un alivio torrencial poder vernos, escucharnos, hacernos espejo, eco de nosotras mismas, y comprender, felizmente —si se puede usar esta expresión en este contexto— que no estábamos solas.

Escuchar a Mailén y a Rocío nos dio el valor para poder saber, para poder comprender, para poder aprehender NUESTRO DERECHO A NO CALLAR.

SOMOS MUCHAS…

Algunas denunciamos, otras no. Se respetó cada decisión. Pero SÍ puedo afirmar que tenemos un punto en común y es que TODAS terminamos lastimadas a varios niveles —sobre todo, psicológico— por las vivencias con ese “Artista”.

Si no salimos a dar la cara todas juntas de inmediato, no es porque no queramos.

Es porque no queremos que se cuestione nuestro accionar.

Es porque no queremos que se mediatice de la manera inapropiada, que se vincule a un sensacionalismo político y mediático, que se tergiverse su verdadero eje.

Porque una perversión de esta magnitud, naturalizada en éste y otros casos,  no afecta sólo a la víctima: inciden en toda la sociedad. Estos actos de perversión nos alienan. No nos permiten fluir.

Quince años —desde mi experiencia personal— de dolor son demasiado para que una noticia corra por todos los medios y se desdibuje en menos de lo que unx imagina. Y más todavía si a esos dolores se le agrega el de tener que convivir con la realidad de la certeza de que, siendo adolescentes, no éramos conscientes de que esa no era una elección.

ES PORQUE QUEREMOS que este sea un punto de re/inflexión necesario para que se multiplique y reproduzca ayudando.

Si los sueños de cambio, la reflexión constante y las ideas para poner en práctica son suficientes, las podremos hacer valer. Si nunca desarmamos el rompecabezas después de mirarlo un rato, nunca veremos nada.

La negación esclaviza nuestras maneras de sentir. Y nunca nos hemos sentido bien al respecto. Por eso hoy las voces están GRITANDO, AL FIN.

Porque nos hemos tomado el trabajo intenso de descubrir quiénes somos, qué queremos y cómo nos sentimos. E hicimos de esto Nuestra Tarea, rescatando a esas niñas que a partir de los 13 han sido vulneradas y que vislumbraron todas éstas cosas a través de su cuerpo y mente.

Buscando comunicar y configurar otra manera de acceder a la cultura, esta vez en clave de herramienta de transformación social que ponga fin a estas situaciones de abuso, humillación, dominación, sabiendo muy bien que éstas son impuestas y apoyadas por una sociedad que exalta el poder como meta.

Proponemos a partir de nuestra denuncia erradicar los mandatos patriarcales  que naturalizan y consecuentemente nos condenan, “desevangelizar” esas palabras que en el discurso expresan una cosa y en la práctica son otra.

Yo admiraba a ese hombre que a través de su arte me suavizaba las apariencias de mensajes altamente dañinos que me convencían, que necesitaba oír.

Quería creerle cuando me hablaba de su alegría, del amor, de la paz, de la rabia cósmica adolescente, del sexo.

Sabemos, hasta el punto de haberlo consensuado, que direccionar esto hacia un costado político/partidario no va a responder a la necesidad que estamos planteando: la JUSTICIA que nos merecemos.

Ahora va más allá de encontrarlo culpable —la razón que nos había unido—, porque la lucha sigue.

LA CULPA NO EXISTE, NO RECAE EN QUIEN DEBE CAER, SI NO NOS HACEMOS CARGO.

NOSOTRAS ESTAMOS ACCIONANDO, GENERANDO CONSCIENCIA, FRENTE A ESTAS SITUACIONES, PORQUE DE LO CONTRARIO, QUIENES CONTINUEMOS PAGANDO SEGUIREMOS SIENDO LAS VÍCTIMAS.

Al no sacar el problema de raíz se nos condiciona a revivirlo.

A través de este cambio —de este paso que decidimos dar con mucha valentía— muchas mujeres, hombres, niñxs podrán denunciar y contar sus abusos.

Hablar al respecto.

Sacarlo.

Sintiendo contención ante una situación que lxs marcó en muchos aspectos en el trayecto de sus vidas.

Redimensionar. Reestructurar. La fuerza está aquí para hacerlo.

Revalorar sistemas. Desestigmatizar. Aprender lo sano y latente que a tantos nos ha costado encontrar.

Hoy aprendimos una lección que va mucho más allá de ser “importante” y “dura”: debemos desaprehendernos de todo lo que nos han inculcado desde siempre para que seamos sumisas, meros objetos de satisfacción sin voluntad de un otro mucho más poderoso. Y debemos ENSEÑAR desde nuestra experiencia a la siguiente generación, y a la actual, una cultura sin abusos, violencia, violaciones, misoginia, manipulación sobre nuestrxs cuerpxs y todx cuerpx que pueda ser dominadx.

Debemos HABLAR y apoyarnos entre sis —y entre nos—, a partir de esa manifestación, para que algo se modifique.

Nuestros objetivos no se basan en reprimir las ideas y deseos de nuestrxs hijxs ni sus salidas.

Que  NO recaiga en ellos la culpabilidad. SÍ se trata de deconstruir/reconstruir una cultura donde, denunciando juntos este tipo de abusos y discursos manipuladores, se entienda que el adulto ES QUIEN TIENE la responsabilidad de decir NO a un menor, ante sus inquietudes adolescentes.

Que ese NO tenga una explicación objetiva para que esa niña o ese niño tome consciencia en su fase de crecimiento sexual, educativo y social, tan necesario para enfrentarse a la vida, sin que se le tergiverse o manipule la trama de su aprehender nunca más desde ningún punto de vista. Para no enfermar a ese niño que se predispone a la exploración sana de su cultura y sus vivencias,  a través de las cuales se formará un adulto.

Resignificar la cultura,  la música, el arte.

Creemos que el arte cumple una función VITAL en donde los adolescentes necesitan ser escuchados manifestando sus cambios de visión sobre el mundo y sus propias construcciones.

Que el arte no sea un medio manipulador —como ha probado este señor y muchos más— para que sus perversiones personales sean parte de nuestros espacios, poniéndonos en riesgo. Sino EMANCIPADOR, enseñándonos a vivir libremente.

Que no se adueñen de nuestrxs hijxs, hermanxs, amigxs.

Porque hemos vivenciado y sufrido en primera persona esta apropiación y no queremos que siga ocurriendo.

Sabemos que no es nada fácil. Por eso, este es un camino en el que invitamos a  artistas, trabajadores culturales, vecinxs, madres, hermanxs, a que recorran, a que re piensen, a que reflexionen y debatan para que reconstruyamos juntxs y planteemos un nuevo punto de inflexión donde nos cuidemos unxs a otrxs.

Por eso y por más, hoy gritamos mientras esperamos que se sigan multiplicando las voces: YA NO NOS CALLAMOS MÁS.

CHARLIE DI PALMA

ABRIL-MAYO 2016

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